Los mecanismos probables giran en torno a la inflamación y el daño que las infecciones causan en tejidos y vasos sanguíneos. Evitar episodios de enfermedad severa reduce la probabilidad de hospitalizaciones, pérdida de movilidad y episodios de delirio, factores que a su vez influyen en el declive cognitivo. Aunque muchos resultados se basan en estudios observacionales y los investigadores debaten sobre causalidad, la consistencia de las asociaciones entre distintas vacunas y mejores desenlaces es notable y merece atención clínica y pública.
Para quienes cuidan a personas mayores o toman decisiones sobre su propia salud, estos hallazgos plantean preguntas importantes sobre cómo integrar la vacunación en estrategias de envejecimiento saludable e inclusión social. ¿Hasta qué punto puede una campaña de vacunación bien diseñada cambiar las trayectorias de independencia y calidad de vida en la tercera edad? Valdrá la pena leer el artículo completo para ver qué pruebas sostienen estas conexiones y qué preguntas quedan abiertas para futuros estudios.
Seamos claros. La razón principal para vacunarse contra la culebrilla (shingles, la infección que genera el virus herpes zóster) es que dos dosis brindan una protección del 90% contra una enfermedad dolorosa, que produce ampollas y puede causar dolor nervioso persistente y otras complicaciones graves a largo plazo. Y que afectará a un tercio de los estadounidenses a lo largo de su vida.
El motivo más importante para que las personas mayores se vacunen contra el virus respiratorio sincitial (VRS) es que su riesgo de ser hospitalizadas por esta infección respiratoria disminuye casi un 70% durante el año en que reciben la vacuna, y cerca de un 60% en los dos años posteriores.
Y la principal razón para recibir la vacuna anual contra la gripe es que, si bien no siempre evita el contagio, reduce de forma confiable la gravedad de la enfermedad, aunque su eficacia varía según qué tan bien hayan anticipado los científicos cuál será la cepa de influenza predominante ese año.
Pero también están surgiendo razones para que las personas mayores se vacunen. En el lenguaje médico, se conocen como “beneficios indirectos”: efectos positivos que van más allá de prevenir la enfermedad para la que esas vacunas fueron diseñadas.
La lista de estos beneficios indirectos sigue creciendo porque “las investigaciones se han ido acumulando y se han acelerado en los últimos 10 años”, explicó el doctor William Schaffner, especialista en enfermedades infecciosas en el Centro Médico de la Universidad de Vanderbilt.
Algunos de estos efectos protectores están respaldados por décadas de datos; otros provienen de estudios más recientes y sus beneficios aún no están del todo claros. La vacuna contra el VRS, por ejemplo, estuvo disponible recién en 2023.
Aun así, los hallazgos “son realmente muy consistentes”, señaló la doctora Stefania Maggi, geriatra e investigadora senior del Instituto de Neurociencias del Consejo Nacional de Investigación en Padua, Italia.
Maggi es la autora principal de un reciente análisis de múltiples estudios publicado en la revista británica Age and Ageing, que encontró una reducción en el riesgo de demencia después de la vacunación contra diversas enfermedades. Dado ese tipo de “efectos secundarios en cadena, las vacunas son herramientas clave para promover un envejecimiento saludable y prevenir el deterioro físico y cognitivo”, expresó Maggi.
Sin embargo, demasiados adultos mayores no se han vacunado, pese a que su sistema inmune está debilitado y la alta prevalencia de afecciones crónicas aumenta el riesgo de contraer enfermedades infecciosas.
A mediados de diciembre, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) informaron que aproximadamente el 37% de las personas mayores todavía no se había vacunado contra la gripe. Solo el 42% se ha vacunado alguna vez contra el VRS, y menos de un tercio recibió la vacuna más reciente contra covid.
Los CDC recomiendan una sola dosis de la vacuna antineumocócica para adultos de 50 años o más. Sin embargo, un análisis publicado en American Journal of Preventive Medicine estimó que, desde 2022 —cuando se actualizaron las recomendaciones— hasta 2024, solo el 12% de las personas de entre 67 y 74 años las recibieron, y apenas el 8% de quienes tienen más de 75.
La evidencia más sólida de los beneficios indirectos, que se remonta a 25 años, muestra una reducción del riesgo cardiovascular tras la administración de vacunas contra la gripe.
Los adultos mayores sanos que se vacunan contra la gripe tienen un riesgo considerablemente menor de ser hospitalizados por insuficiencia cardíaca, así como por neumonía y otras infecciones respiratorias. La vacunación contra la gripe también se ha asociado con un menor riesgo de ataque cardíaco y accidente cerebrovascular.
Además, muchos de esos estudios se realizaron antes de que estuvieran disponibles las vacunas contra la gripe más potentes, que se recomiendan actualmente para adultos mayores.
¿Podría la vacuna contra el VRS —que protege contra otra enfermedad respiratoria— ofrecer beneficios cardiovasculares similares?
Un estudio reciente con adultos mayores, realizado en Dinamarca a gran escala, encontró que las hospitalizaciones cardiorrespiratorias (que involucran al corazón y a los pulmones) habían disminuido casi el 10% entre las personas vacunadas, en comparación con un grupo de control. Una reducción significativa.
Sin embargo, la baja de las tasas de hospitalización por enfermedades cardiovasculares y accidentes cerebrovasculares no fue estadísticamente importante. Esto podría deberse a que el período de seguimiento fue demasiado corto o a que las pruebas diagnósticas resultaron inadecuadas, advirtió la doctora Helen Chu, especialista en enfermedades infecciosas de la Universidad de Washington y coautora de un editorial que acompañó el estudio en JAMA.
“No creo que el VRS se comporte de forma muy distinta a la gripe”, dijo Chu. “Aún es demasiado pronto para tener toda la información sobre el VRS, pero creo que va a mostrar el mismo efecto, tal vez incluso mayor”.
Vacunarse contra otra enfermedad respiratoria peligrosa —covid-19— también se ha asociado con un menor riesgo de desarrollar covid prolongado, cuyos efectos dañan tanto la salud física como la mental.
Tal vez los hallazgos más provocadores tengan que ver con la vacuna contra la culebrilla. Los investigadores fueron noticia el año pasado, cuando mostraron que existía una asociación entre esta vacuna y menores tasas de demencia, incluso con la versión anterior y menos eficaz de la vacuna, que ya fue reemplazada por Shingrix, aprobada en 2017.
Casi todos los estudios sobre beneficios indirectos se basan en la observación, ya que los científicos no pueden, por razones éticas, negar una vacuna segura y eficaz a un grupo de control que podría terminar desarrollando la enfermedad.
Esto implica que los resultados podrían estar afectados por el “sesgo del voluntario saludable”, ya que las personas vacunadas tienden a tener otros hábitos saludables que las diferencian de quienes no lo hacen.
Aunque los investigadores intentan ajustar los datos considerando edad, sexo, salud y nivel educativo, “solo podemos afirmar que existe una asociación sólida entre la vacuna y la baja de la demencia, pero no una relación causal”, explicó Maggi.
Investigadores de Stanford aprovecharon un experimento natural ocurrido en Gales en 2013, cuando la primera vacuna contra la culebrilla, Zostavax, se ofreció a personas mayores que aún no habían cumplido los 80 años. Quienes ya tenían 80 o más no fueron elegibles.
Durante siete años, las tasas de demencia en quienes sí habían sido elegibles para la vacuna se redujeron un 20% —aunque solo la mitad de ellos efectivamente se vacunó— en comparación con quienes quedaron fuera por pocos días.
“No hay motivos para pensar que las personas nacidas una semana antes fueran distintas de las nacidas unos días después”, dijo Maggi.
Estudios en Australia y Estados Unidos también han detectado que vacunarse contra la culebrilla reduce las probabilidades de desarrollar demencia.
De hecho, en la revisión de estudios que Maggi y su equipo publicaron, varias vacunas infantiles y para adultos parecen tener efectos similares. “Ahora sabemos que muchas infecciones están asociadas al desarrollo de demencia, ya sea tipo Alzheimer o vascular”, explicó.
En 21 estudios que incluyeron a más de 104 millones de participantes en Europa, Asia y América del Norte, vacunarse contra la culebrilla se asoció a una reducción del 24% en el riesgo de desarrollar demencia. En el caso de la vacuna contra la gripe, la reducción fue del 13%. Para quienes recibieron la vacuna contra la infección neumocócica, el riesgo de enfermedad de Alzheimer fue un 36% menor.
La vacuna Tdap contra el tétanos, la difteria y la tos ferina (pertussis) se asoció con una disminución de un tercio en el riesgo de demencia. En los adultos se recomienda aplicarla cada 10 años. Muchos deciden vacunarse cuando nace un nieto, ya que los recién nacidos no pueden recibir la vacuna completa en sus primeros meses.
Otros investigadores están explorando si la vacuna contra la culebrilla también reduce el riesgo de sufrir ataques cardíacos y accidentes cerebrovasculares, y si la vacuna contra el covid mejora la supervivencia de pacientes con cáncer.
¿Qué causa estos beneficios adicionales de las vacunas?
La mayoría de las hipótesis se centran en la inflamación que se produce cuando el sistema inmunológico se activa para combatir una infección. “Se genera daño en el entorno que rodea a las células del cuerpo, y eso tarda un tiempo en volver a la normalidad”, explicó Chu.
Los efectos de la inflamación pueden durar mucho más que la enfermedad inicial. Esto puede facilitar que otras infecciones se desarrollen, o provocar ataques cardíacos y derrames cerebrales cuando se forman coágulos en vasos sanguíneos estrechos. “Si prevenís la infección, también prevenís ese otro daño”, añadió Chu.
La hospitalización, durante la cual los pacientes mayores pueden perder fuerza y movilidad o desarrollar delirio, es en sí misma un factor de riesgo para la demencia y otros problemas de salud. Por eso, las vacunas que ayudan a evitarlas podrían retrasar o incluso prevenir el deterioro cognitivo.
Funcionarios de salud de la administración Trump han cuestionado más las vacunas infantiles que las de adultos, pero su oposición abierta puede haber contribuido a que muchos adultos mayores no se vacunen.
Muchos no solo se perderán los beneficios indirectos que se están descubriendo, sino que seguirán siendo vulnerables a las enfermedades que las vacunas previenen o atenúan.
“La política nacional actual sobre vacunación es, en el mejor de los casos, ambigua, y en algunos aspectos parece antivacunas”, dijo Schaffner, ex integrante del Comité Asesor sobre Prácticas de Inmunización de los CDC. “Todos los que trabajamos en salud pública estamos realmente muy preocupados”.
The New Old Age se produce en colaboración con The New York Times.
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